miércoles, 25 de diciembre de 2013

Un día...

Un día me olvidé de cómo caminar.
Quizás fue la costumbre, quizás el aburrimiento, o la rutina, pero de un momento a otro descubrí que no conseguía conectarme con aquellas extensiones que partían de mis caderas y terminaban en cualquier destino donde solía dirigirme en otras épocas.
Intenté (en vano) enviar una señal, un pedido, una súplica, con la esperanza de recibir al menos un atisbo de respuesta, pero ya era demasiado tarde para que haga efecto. Nada. La nada misma, dos extremidades inertes que parecían mirarme de manera risueña y rebelde, cual adolescente que encuentra en sí mismo la posibilidad de dirigirse al mundo sin pedir permiso.
Me tendré que acostumbrar a esto. A lo que me acostumbré, al mundo en el que me quise dirigir hace años y del que no busqué salir en todo este tiempo, pero del que hoy, en esta situación, temo y rechazo.
Entonces recordé. Recordé para no olvidar.
Me fui años atrás, y disfruté de aquellas caminatas por el bosque, escuchando el viento que se avecinaba montaña abajo, frenando un instante y mirando a las copas de los árboles bailar y coquetear entre ellas, abrazándose y acariciándose con una lluvia de hojas alrededor. Disfruté de los olores de esos lugares, y el ruido del arroyo más abajo, invitando a saludarlo, a pasear las piernas por sus aguas heladas y sus rocas brillantes y sumergidas.
Seguí hurgando en el pasado, para emocionarme con la nieve, patinar en el hielo de una canilla abierta y olvidada en pleno invierno, embarrarme en los charcos de pleno otoño, refrescarme en las lagunas en verano, esconderme entre lupinos en primavera.
No dejé de pensar en los partidos con mi viejo o con mis amigos, o de salir a andar en bici, a caballo, o corriendo en plena lluvia, mojado pero feliz.
Después me volví un tiempo más hacia adelante. Uno a veces se olvida de algunas cosas, parece restarle importancia al tiempo de cada uno, cuando otras prioridades requieren más protagonismo del que uno consigue otorgarles.
En ese tiempo jugué a ser mayor, a enfrentarme con estudios, trabajos, responsabilidades. Caminaba elegantemente, hasta disfruté de jugar a ser un Señor de Traje y Corbata, con mayúsculas y en taxi. Cambié los vientos por ventiladores, los arroyos por avenidas, la nieve por el asfalto. No distinguía el frío del invierno del calor del verano, y cuando alguno de ellos osaba asomarse, lo expulsaba para no distraerme de mis urgencias.
En algún momento de aquel entonces, estoy seguro, es cuando mis piernas decidieron rebelarse. Empezó la derecha, como siempre, la más inquieta. Un tropezón en el escalón de la entrada al edificio en donde vivía fue el primer aviso, que luego derivó  en una ridícula discusión con el portero y la vecina del octavo piso que no paraba de reclamar algo con las palomas. Luego, un corte de luz que me obligó a subir esos 48 escalones por la escalera de servicio, razón que llevó a una posterior mudanza a una casa de planta baja y poca luz. Qué importa la luz, pensé. Y continué.
Así llegué al día de hoy, habituado ya a encontrar excusas del mal funcionamiento del cuerpo en los otros, ensimismado también en aprovechar cada limitación en pos de un mayor provecho en ese círculo vicioso al que uno le pone el título rimbombante de Responsabilidad. Vaya ilusión, pienso, pero poco a poco voy tomando consciencia de que algunas cosas no tienen vuelta atrás.
Sólo que, a veces, uno tiene suerte.
Así fue que, entre medio de toda esa vorágine de excusas, esquivando bultos por plena avenida y agolpándonos en trenes y colectivos en una tarde de hora pico y calor de febrero, dio la casualidad con nuestros cuerpos frente a frente, poco espacio y una sonrisa indisimulable en tu rostro.
Quizás no consigas creer en el destino, quizás estas casualidades las veas como simples hechos aislados, y podamos explicar este encuentro desde una secuencia de causas y más causas. Diez años de razones para atrás nos pueden llevar a ese encuentro. Pero nada de eso va a poder explicarme cómo esa mirada hizo saltar a mis piernas de nuevo a esta realidad.
Esa sonrisa y esa mirada me llevan inmediata e irremediablemente a ese mundo del que en algún instante del pasado me fui sin querer, y del que no quiero volver a irme.
Me diste la mano y me devolviste el impulso para ponerme de pie. Me diste un beso y me enseñaste a caminar de nuevo.
Hoy disfruto nuevamente de arroyos, lagos y montañas; de nieves, fogatas y bosques. Hoy mis piernas me entienden y me avisan que ya tuvieron suficiente con aquella vida tan alejada de mi mismo.

Hoy te miro, te sonrío, te beso, y te invito a caminar conmigo, a mi lado y sonriendo, hacia ese lugar tan nuestro.

martes, 1 de octubre de 2013

Calma

Lunes, frío y no mucho más.
- Hoy te veo, acordate de estar lista que no vamos a tener mucho tiempo.
- Dale. Pero no te atrases.
- No me voy a atrasar.
- Dale. Te espero.

Martes. Mucho más que el lunes.
- Vamos, apurate que llegamos al tren.
- No, ¡pará! No puedo más.
- ¡Dale! Mirá, ya llegamos. Es acá, vení.
- Me da mied...
- Dale, entrá. Listo, ya estamos.

Miércoles, bastante lunes.
- ¿Cómo hiciste para llegar el otro día? Ayer el tren estuvo imposible.
- Tranquila. Hay que confiar. ¿Vamos de nuevo?
- ¿Estás seguro? No creo que lleg...
- Confiá en lo que te digo. Vamos a llegar.
- Bueno, dale, vamos. ¡Esperá! No... dale. Vamos.

Jueves. Solo. Sola.
- ¿Dónde estás?

Viernes.
- No te veo, no me contestaste. Ayer en el tren no estabas, tampoco. Si ves esto, avisame. Te salgo a buscar. La misma hora, el mismo tren. Quizás...

Sábado. Sol.
- Hoy de nuevo no te encontré, pero igual te vi. Te busqué en todos los vagones, en todas las caras.
En la señora del sombrero azul, que mira con su nostalgia inhibida.
En el señor que cree haber cumplido su ciclo, y disfruta de sus últimos viajes, como quien disfruta de un helado en invierno, en un día de lluvia.
En el chico que, tímido, se imagina saludando a la chica que, distraída, sueña con alguien que se le acerque a hablar de satélites y pergaminos olvidados.
En el maquinista que abre y cierra las puertas, abre y cierra las puertas, abre y espera para volver a cerrar. Abre y cierra los ojos, abre, respira, y cierra.
En el nene que disfruta el paisaje, la señora que disfruta de ver al nene, y la madre que disfruta de la señora que disfruta del nene.
En la mujer que aparece en el vagón buscando al hombre que ayer no vió, y que la sorprendió hace una semana perdida en sus pensamientos, como quien elige no observar, como quien decide omitir todo aquello que ve.
En ese hombre que, inquieto, elige un rincón del último vagón para esperar impacientemente que su tren llegue a su destino. Y que me mira con miedo cuando me acerco.
- Hola.
- ...hola.

Domingo. Vuelta.
-¡Hola! ¿Te acordás de mi?
- ¡Hola! Si, de ayer.
- ¿Te veo mañana?
- ¿Dónde?
- Acá, si no te molesta. Le podemos pedir permiso a la señora del sombrero.
- ¿A quién?
- Nadie, no te preocupes. ¡Te veo mañana!

Lunes, frío y no mucho más.
- Mirá...


Jorge Drexler - la edad del cielo

No somos más
que una gota de luz,
una estrella fugaz,
una chispa, tan sólo,
en la edad del cielo.

No somos lo
que quisiéramos ser,
solo un breve latir
en un silencio antiguo
con la edad del cielo.

Calma,
todo está en calma,
deja que el beso dure,
deja que el tiempo cure,
deja que el alma
tenga la misma edad
que la edad del cielo.

No somos más
que un puñado de mar,
una broma de Dios,
un capricho del Sol
del jardín del cielo.

No damos pie
entre tanto tic tac,
entre tanto Big Bang,
sólo un grano de sal
en el mar del cielo.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Lluvia y silencio

Estás ahí.
Hoy te busqué entre la muchedumbre y no te vi. Pero siempre supe que estabas ahí. Es imposible buscarte sabiendo que puedo encontrarte en cualquier momento, fuera de la búsqueda y aun así dentro de ella.
Saberte cerca es lo que me mueve. Sentirte lejos, lo que me aterra.
Me reconozco en vos, me encuentro en vos. Observarte abriéndote entre tanta sombra me da coraje, me descubre un mundo de posibilidades que desde la soledad resultan insostenibles. Quisiera poder hablarte, poder decirte que

me muero

                   por hablarte

                                      directo.

Deseo encontrar el modo de acercarme y que nos descubramos lo suficientemente tarde como para que al menos uno de los dos pueda ver al otro a los ojos y entienda que todo va a estar bien, que vamos a estar bien.
Quiero hablarte, pero más quiero silenciarme frente a vos,
Quiero desnudar mis ojos ante los tuyos.
Quiero que la lluvia nos descubra un domingo caminando juntos, y que la sorpresa nos encuentre de la mano, empapados y sonrientes.
Quiero sonreír, empaparnos todavía más, mirarnos un instante más, detenernos 
el uno al otro, 
                   el uno en el otro, 
                                      el uno con el otro.
Quiero sentir la gota que baja por tu frente, recorre tu mirada y se duerme en tus labios.

Hoy la lluvia es quien me acompaña y la disfruto. Hoy el agua llega con su humedad hasta lo profundo de mi ser, hoy me empapa las emociones y las conecta con un mundo del que tengo miedo pero acepto como real.
Hoy amo lo que se presenta ante mí, hoy amo el silencio.

Amo esta soledad compartida,

pero

quiero compartirla

Miguel Angel Bustos - citas  
1. Afuera oigo la lluvia, adentro siento la lluvia. Mi cuerpo de barro se deshace. 
2. Escribe mientras sea posible. Escribe cuando sea imposible. Ama el silencio. 
47. Quiero ser eterno como si aún no hubiera nacido.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Temblor de Cielo

Te quiero. A veces es muy evidente, otras quizás consigo disimularlo un poco más, pero te quiero.
Me gusta imaginarme con un notable grado de ingenuidad que consigo encubrir mis emociones.
Te miro y tiemblo. Una breve vibración por el cuerpo, una sonrisa que nace en las costillas, que avanza y crece a medida que te acercás, para ahogarse en una sutil mirada que tanto querría decir pero no se anima a transformarse de idea a verbo. Te abrazo para poder cerrar los ojos y guardarme el rezago de la mirada entregada, todavía temblando, desnudo.
A las ideas se las lleva el viento, pero cuando estas ideas vuelven a aparecer, una vez tras otra, este viento que las conduce a lugares en otros tiempos desconocidos pasa a ser nuestro aliado. Las ideas entonces reaparecen con la fuerza de la experiencia vivida en mundos sutiles, en mundos emocionales y emocionantes, para exigir su merecido reconocimiento.
Las palabras son el hogar de estas ideas, cuando consiguen articularse de la manera adecuada. El miedo pasa a ser esa articulación. ¿Estaré siendo claro? ¿Podré expresar aquello que deseo?
¿Tengo miedo de no ser claro, o tengo miedo de asumir aquello que estoy diciendo?
Es muy fácil diluir una idea en frases complejas y cubiertas de significados contrapuestos, para aquietar la ansiedad que se corresponde a aquella emoción desatada, sin hacerse responsable de la verdadera idea verbalizada.
Basta de fabricar agua con los dedos. Basta de adornar sueños truncos. Basta de esperar a que llegue el huracán para soltar las palabras al aire.
Hoy te quiero mostrar mis estrellas.
Hoy te quiero.

Miguel Ángel Bustos - Temblor de cielo

Mi cara a las estrellas,
mis dedos al agua.
Viento
puro.
Temblor
tibio.
Te quiero.

domingo, 25 de agosto de 2013

Excusas

Quizás consiga alguna excusa para ir hacia vos y que pase desapercibida. Quizás, también, pueda debatir en lenguaje coloquial sobre temas que permitan tomar una distancia suficiente para apreciarte y disfrutar de ese momento a tu lado, cómodo y, en buena medida, anónimo.
Quizás debo dejar de soñar, e imaginar el mundo propio de los quizases.
Hoy ya no creo en el quizás.
Tengo que dejar de teorizar, de imaginar y de soñar, sin actuar.
Te quiero compartir todo un mundo, y sé que te va a encantar.
No perdamos el tiempo.
Si me ves llegar, ya sabés a qué voy.
Podés buscar excusas, temas que te ayuden a tomar una distancia, y alegrarte en esa comodidad, anónima, teórica, con sueños seguros y acciones desvanecidas.
O podés sonreir, sabiendo que hay un mundo por delante.
Yo te voy a ver. Vamos a saber a qué vamos.

Liniers - Marzo 2011

domingo, 2 de junio de 2013

Un momento

Un breve texto del 1 de noviembre de 2009.

Eran épocas especiales, y surgieron como un aviso a mí mismo, a poder tomar atención de aquello que podía estar pasando, más allá de circunstancias puntuales, sino como un contexto más general; en donde no se trata de un evento aislado del resto, sino que en realidad se trata de una continua sucesión de actos y de resultados que, donde un día son tomados como algo positivo o negativo, al día siguiente pasan a ser completamente lo opuesto; demostrando entonces que no se trata de valorizar cada acción como tal, sino de poder descubrir el aprendizaje de fondo que se nos presenta en el momento.
De ese tiempo a esta parte pasó bastante agua bajo el puente, pero hay ideas que continúan en vigencia y sirven como recordatorio, tanto para saber descubrir quién fui, como para diferenciar quién soy ahora, qué cosas permanecen y cuáles fueron modificándose con el paso de los años.


Muchas veces uno se empeña por entender el significado de la vida mirando lo que le sucede en el presente, pretendiendo resolver su existencia futura de antemano... pero no se da cuenta que la vida hay que vivirla, no planearla, no manejarla, ni anticiparla... hay que saber que siempre hay un momento para todo, y si bien lo que hagamos hoy puede tener un efecto en nuestro futuro, asi como lo que pasó en el pasado es lo que nos hace estar acá hoy en día, en el fondo, la idea esencial es saber VIVIR la vida, y no analizarla como si fuese un examen permanente... después de todo, al único que tenemos que rendirle cuentas es a uno mismo y a Dios, el día en que dejemos de ser quienes somos en este mundo... pero todavía falta para eso... ;)

Carpe diem!
baquito®

domingo, 26 de mayo de 2013

Al juego vamos

Tengo mucho para decirte. Pero poco tiempo. Ojalá sea suficiente. Vamos.
Tuvimos un tiempo para hacer, un tiempo para soñar, y un tiempo para actuar. Pasados éstos, no tuvimos más opción que hacer frente a aquellas elecciones tomadas en épocas de decisiones laxas, de presiones vagas, de tiempos livianos. Esa liviandad es, sin lugar a dudas, la que nos llevó al punto en el que estamos.
La cordura dicen que se cuenta en vasos llenos o medianamente completos. Dicen algunos que se mide en litros, sin importar el contenido. Pocos se detienen a observar el líquido, menos incluso llegan a disfrutarlo. De esos todavía somos pocos, aun a expensas de nuestra salud, a crédito de una insania que el normal de las personas dicen que cultivamos.
La inocencia otros dicen haberla perdido al medir los mismos vasos y encontrarlos ya medio vacíos. Otros se jactan de haberse encontrado con vasos ya secos, producto de la edad, dicen. Producto de la experiencia, de sentirse escupidos y pisoteados, como disfrutando su desdicha. Me permito discernir, para sonar ingenuo entre ellos, pero plantando postura a partir de mi propia impureza.
El amor pone su firma en esos vasos, expresado en grietas que rasgan los bordes y generan surcos en el cristal, por donde el líquido de la esperanza se decide a filtrarse, escapándose hacia una transformación de la emoción, muchas veces expresada en un odio que no es más que el propio miedo a una soledad latente y silenciosamente presente en todo lo que uno hace dentro de uno mismo, y que no se permite compartir por mantener esa falsa creencia de que la convivencia generará nuevos surcos y nuevas filtraciones. Lo deja a uno expectante, denotando una pasividad absoluta ante el conformismo y una brutal desesperación que te inmoviliza.
Pero hoy no tengo tiempo para pensar en vasos. Hoy sos vos, Vida, que te plantas de frente. Vida y Muerte. No sos mas que yo mismo, buscando crédito ante tanta cristalería barata y tergiversada, presentándote en tiempo y forma como siempre lo hacés, para que haga algo al respecto.

No tengo más nada para decirme. Ahora es cuestión de hacerme caso.
Vivir, sin más.
Allá vamos.


Juan Gelman - el juego en que andamos 
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices. 
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro. 
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados. 
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.
 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Amapola

¿Sabés? Yo sabía que te iba a ver. Quizás te sorprenda, o no quieras creerme que lo sabía, pero es cierto. Quizás puedas pensar que es esa confianza la que me lleva a verte, y hasta existe la posibilidad que te permita creer eso. Pero no, no es eso tampoco.
Yo sabía que te iba a ver.
Sabía que, dado el momento, vos aparecerías ante mí. Que te vería con tu presencia, acompañada de mares y oleadas de sal, en aquella nostalgia del pescador solitario que aprendió a convivir con su tristeza en el silencio de una noche fría y mar adentro.
Sabía que te encontraría en el tumulto de un día cualquiera, resaltando entre la multitud de gente que no sabe ver, y que no se permite percibirte a paso lento entre tantos apuros en veredas de gente con destinos tan ciertos que llevan a replantearse si es el destino deseado para tantos días comunes.
Que te descubriría escondida entre constelaciones, en una noche calurosa de un verano entre fogones y montañas, jugando a aparecerte entre andrómedas y osas mayores, coqueteando con satélites y estrellas fugaces.
Estoy seguro que, en caso de desearlo, podría ir en busca del punto donde el arcoiris se encuentra con el suelo, en un acto de romance absoluto entre el cielo y la tierra, y no habría en ese punto otra persona más que vos.
Hoy camino entre la gente, disfruto de la garúa que cae sobre mí, llego al río y espero la noche, acompañando con la mirada a cada una de las estrellas que se empiezan a asomar, testigas ellas de mi soledad. Hoy no te veo, pero te saludo, y te espero.
Yo se que te voy a ver.


Amapola - Juan Luis Guerra  
Abre las hojas del viento mi vida
ponle una montura al rio
cabalga y si te da frío te arropas
con la piel de las estrellas
de almohada la luna llena mi vida
y de sueño el amor mio. 
y una amapola me lo dijo ayer
que te voy a ver
que te voy a ver
y un arcoiris me pintó la piel
para amanecer contigo. 
Cierra la noche y el día mi vida
para que todo sea nuestro
y una gran fuga de besos
se pose sobre tu boca
y que el trinar de las rosas mi vida
te digan cuanto te quiero. 
y una amapola me lo dijo ayer
que te voy a ver
que te voy a ver
y un arcoiris me pintó la piel
para amanecer contigo. 
y una amapola me lo dijo ayer
que te voy a ver
que te voy a ver
y un arcoiris me pinto la piel
para amanecer contigo…

domingo, 21 de abril de 2013

Hoja en blanco

Salió del local decidido, con dirección a su hogar, a fin de poner en palabras todas aquellas ideas que siempre rondaron por su cabeza, pero nunca tuvo la oportunidad de transcribir al papel por esa falta de una máquina de escribir con la que ahora finalmente contaba. Quiso el destino que en pleno envión por atragantarse de letras entre sus dedos, no lograse observar aquel atardecer del otoño de Cartagena, tal era su apuro por cumplir con tan postergado anhelo.
Llegó al callejón que lo acercaba a su casa, un breve suspiro de dos cuadras de la mejor tierra, con alguna que otra piedra perdida entre charcos de la reciente lluvia vespertina, que hacían las suertes de proyectiles con que jugaban los jóvenes del barrio, con quienes él solía entablar curiosas conversaciones en días normales y sin lluvia. Vaya a saber uno si los niños se enteraron ese día de su apuro, ya sea por el aguacero que los había mantenido a resguardo durante toda la tarde o por la velocidad que llevaba el condenado.
Una vez en casa, cerró la puerta de un impulso, sin tener el más mínimo reparo en el ruido que la chapa causaba al cerrar, y en la siesta de don Ezequiel, aquel extraño hombre que vivía en la pequeña cabaña a dos aguas del terreno contiguo, tan extraña ésta como la actitud de su dueño, que había entrado en una profunda crisis y una consecuente gripe que lo tenía a maltraer en los últimos tres días, tras haber escuchado las últimas novedades de su España natal.
Al escuchar el impacto de la puerta, ya desde el séptimo escalón de su escalera, dirigió una mirada fugaz por la pequeña ventana de luz, con la esperanza de encontrar ahí a su vecino de buen humor o, mejor aún, de no cruzárselo en absoluto, a fin de no dar explicaciones que en otro momento no serían molestia alguna, pero hoy no había tiempo. En compensación, decidió aprovechar el hecho como fuente de inspiración, y comenzar su novela relatando la escena.
Siete y dieciocho minutos. Luz encendida, y su Olivetti de fabricación italiana como única compañera de escritorio. las teclas relucientes, los dedos ya listos, y la bendita hoja en blanco haciéndole frente.
Nueve y veinticuatro minutos. Mierda.
Pensó entonces en ese apremio que lo llevó a conseguir su máquina de escribir, cultivado día tras día en los últimos dos años de su vida, contando cobre por cobre cuánto dinero le faltaba para permitirse ese lujo. En todo ese tiempo fue avanzando en paralelo con su redacción, consiguiendo incluso algún que otro breve trabajo para el periódico local, pero sin mucha relevancia en el ámbito, que le hubiese permitido recortar los tiempos para cumplir su sueño.
Hoja en blanco.
Ya había mentalizado este instante, en el que se encontraría de frente ante ese ser de pulcritud sofocante, que incita a ser invadido, deturpado, avasallado por un mar de letras, palabras, frases, oraciones, párrafos enteros, mundos paralelos, sueños paralelos, incluso hojas en blanco paralelas a esa hoja en blanco que ahora lo miraba y vencía, minuto a minuto. Ella parecía haber mentalizado todo eso mismo desde tiempos remotos, y no parecía querer dar el brazo a torcer.
Hoja inmaculada. Comenzó:
"El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita."
No Era suficiente. Hace tiempo soñaba con escribir acerca de coroneles, corceles y demás personajes históricos. Su faceta periodística no dejaba de hacer mella en sus orientaciones literarias, pero a la hora de llevar esas fábulas al papel, nada. Aún así, tomó la hoja con ese primer renglón ya escrito, lo fue expulsando ágilmente de su máquina, con cuidado de no romperla (tanto a la máquina como a la hoja como a la oración como a la cucharita) y se dirigió a guardarla entre medio de aquellos apuntes del viejo estante de apuntes viejos, en donde parecía reinar el caos pero, como buen escritor honesto consigo mismo a la hora de confesar sus arranques de inspiración, bien sabría él cómo encontrarla cuando sea el momento de reencontrarse.
Once y treinta y siete.
Ya los niños no jugaban en las veredas, ya incluso los más valientes animales se encontraban guarecidos ante el avance de la oscuridad de este martes sin luna compañera. Fue a prepararse un café para brindar en silencio con su carencia de ideas, extendiendo sus piernas como las palabras que no eran. Vaya ironía, no quedaba más que una cucharadita. Prometió allí no abandonar aquella oración, "ya habrá tiempo para extenderla, hoy no" se escuchó decir a sí mismo mientras volvía a su escritorio.
Extendió su mano suavemente, encendió la lámpara con especial atención (ya había tenido inconvenientes con ella en otras ocasiones al encenderla con demasiada prisa pero, antes que repararla, prefería aprovechar esta condición para cultivar su propia paciencia). Ajustó nuevamente la hoja en su máquina, enderezó su espalda al tiempo que hacía lo mismo con sus anteojos, y no pudo evitar esbozar una sonrisa en su rostro a medida que iba avanzando, palabra por palabra sobre aquel terreno plano e inmaculado, presintiendo el inicio de aquello que prometía ser mayor que lo imaginable:
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo."

martes, 5 de marzo de 2013

Ellos se entregan

- Contame. Necesito que me cuentes.
- Yo me ocupo. Quedate a mi lado, yo te voy a compartir todo. Soy tus ojos.
- No me dejes solo.
- No lo voy a hacer.
- Contame. Por favor contame.

- Se miran. Se presienten.
- ¿...Se desean? (breve suspiro).
- Si, se desean. Se acarician, se besan; se desnudan.
- No me cuentes. ¡No! Contame. No pares.
- Se adormecen, se despiertan, se iluminan, se...No, no puedo.
- ¡No me dejes!
- ...Se tantean. Se juntan, desfallecen. Se repelen, se enervan. Se apetecen... ¡No puedo!

- ¡Ya los siento! Se acometen, se perforan. ¡Se desmayan! Reviven...
- Si, ya los percibís bien: Se contemplan, se enloquecen, se desgarran, ¡se asesinan!
- ...resucitan. Se buscan.
- Se rehuyen. Se evaden.
- ...se entregan...

- ...se entregan.

Se miran buscando aquello que no se permitían encontrar. Se presienten en un destino cercano, saben que se acercan. Se desean, por vez primera y coincidente. Se acarician con suavidad, se besan en sueños, se desnudan en la realidad emocional, aun lejos de la física, pero muy cerca entre sí. Se adormecen, aceptando aquello que tanto anhelan. Se despiertan aceptando el encuentro, se iluminan al presente que los espera. Se tantean, el miedo todavía vigente de no saber resolverse. Se juntan, finalmente, cuerpo con cuerpo, piel y piel, y desfallecen. Se repelen por un instante, aceptan el breve espacio de ausencia. Se enervan de sólo pensar en ello, y se apetecen nuevamente.
Se acometen, ya no dudan. Se perforan en su coraza, se desmayan en aquella prehistoria de miedos e inseguridades, reviven en un espacio compartido y suyo. Se contemplan, ahora bien. Se enloquecen, al verse en sí mismos y en cada otro. Se desgarran, se asesinan, despidiendo así su pasado inmediato.
Resucitan con toda la certeza de haber encontrado aquello por lo que darían la vida. Se buscan nuevamente, para encontrarse ahí, frente a frente, mundo a mundo. Se rehuyen, en un juego de escape y recoincidencia. Se evaden, una y otra vez, para reaparecer en el camino del otro.
Una y otra vez.
Y se entregan, se entregan al otro, y a uno mismo, y a permitirse jugar con la suerte, tomando ventaja sobre la misma, disfrutando de ella, acercándose al otro como destino deseado, soñado y permitido.
Se entregan; como elección de futuro, presente y pasado que buscó ser hasta conseguirlo.

Se entregan...
Oliverio Girondo - 12 
Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.

viernes, 1 de marzo de 2013

Tumulto

No te creas que me vencerás.
No pienses siquiera que me convencerás.
Podrías creer que tenés algún poder de disuadirme, que tenés el control en la situación, que respondo a vos. No.
Te lo repito en gestos, y espero que lo percibas: ¡La vida es nuestra!
Te lo repito también en grupo: ¡La vida es nuestra! Es mía y de aquellos que me acompañan, en un sentimiento encontrado y compartido, en un movimiento que no podrás frenar, aun con el mayor de tus esfuerzos, aun con el mayor de los poderes que puedas inventarte.

La vida es de nosotros, los que hacemos la vida a gotas de sudor, de ímpetu, de fuerza.
La vida...
La vida aquella en la que no pretendo que me entiendas, la vida... aquella en que me impulso, en la que salto, en la que vuelo, en la que caigo una y otra vez. Y en la que me levanto.
Una y otra vez.
Mía.
Nuestra.
¡Nuestra!
Tumulto - José Portogalo 
Me trepan los insultos -mareas numerosas-

como trepan los hijos al cariño de un hombre.
Tengo las ansias llenas de ganarme en un grito.
Grito: ¡La vida es nuestra! y abro los horizontes.

Puertas de bronce viejo, de hierro remachado,
caerán cuando se agrupen las voces en un puño.
Hombres desvencijados, de espaldas a la vida:
así dancen las balas no serán de este mundo.

A los calvos de ideas, con sangre de pantano,
a los viejos que ensucian las palabras más altas,
les hago una advertencia: conmigo están los brazos
de aquellos que arrancaron de sus ojos las lágrimas.

La humildad -ese viejo mascarón- no hará suya
nuestra carne que es nudo de un clamor que echa ramas
y en sus climas oscuros, como a un árbol raíces,
nutren de savia pura los cuencos de su entraña.

Y ¡guay! del que esté en contra de nosotros, los pobres,
esos ríos de sangre, silenciosos y lentos,
que bajan hasta el pozo más hondo de la tierra,
que suben hasta el límite más alto de los cielos.

La vida es de nosotros los que hacemos la vida
a gotas de sudor, de ímpetu, de fuerza
y que jamás o nunca tenemos una cama
donde cavar la hondura de un vientre en primavera.

Nos vejan, nos explotan, nos reducen a cero,
si agitamos un grito de protesta nos castran.
Nos orinan la baba de un exiguo salario
y nos cuadran en leyes como a burros de carga.
Y hablan de La Piedad, de La Bondad, del Arte,
sacerdotes, artistas, profesores, poetas,
los que en nombre del pueblo se erigen en vigías,
¡esos hijos de puta con almuerzo y con cena!

Ah señor Jesucristo: no queremos tus frases
-panes sin levadura-, magníficas, humanas,
que no son más que frases pero que nos inhiben
y destapan, astutas, nuestros poros de lágrimas.

No queremos tus frases. Yo que vengo de abajo
y que anduve entre obreros con hambre y manos sucias,
que sé lo que es el mundo, este mundo de mierda,
te lo digo derecho: tus palabras son putas.

Al carajo con todas las parábolas bellas.
Al carajo con todos los escrúpulos sordos.
Presentemos las armas proletarios del mundo
y a tiro limpio, firmes, vaciémosles los ojos.

La vida es de nosotros, los que hacemos la vida
a gotas de sudor, de ímpetu, de fuerza,
y que jamás o nunca tenemos una cama
donde cavar la hondura de un vientre en primavera.

martes, 12 de febrero de 2013

Allá afuera

Veníamos buscándonos hacía ya demasiado tiempo. Quizás por inercia, quizás por entender en esa búsqueda un destino con aire a futuro inmediato, mas aun incierto.
Pero veníamos buscándonos.
No dejaba de otear entre la multitud, sabía bien que en el momento menos oportuno se iba a dar ese encuentro. En cada escalera, en cada pasillo y en cada vereda, al momento de girar siempre inspiraba y sonreía.
Pero nada.
Ella sabía estar en ese mismo instante y lugar; lo hacía naturalmente, mas siempre un instante antes. Nunca llegó a escuchar la bocina del subte, el silbato del guardia en el tren, sino solo como un eco que le avisaba a aquellos hombres retrasados que era demasiado tarde para entrar. Que me avisaba a mi, una y otra vez más, que no era el momento indicado.
Pero siempre antes.
Estaba imposibilitada de tomarse el tiempo como compañero, solía alardear de su puntualidad, y de su capacidad de anticiparse a los hechos. Era una competencia que tenía ganada desde siempre, ella nunca debía esperar, ella nunca debía parar.
Pero a veces...
El tiempo es tirano. El tiempo es aquel que, en ese momento en que dudas un instante, un minúsculo espacio temporal en una eterna vida de seguridad, te presenta un cambio. No lo hace desde un formalismo propio de tu estructura, sino que lo explota en frente tuyo, o lo esconde en el lugar más incógnito de tu ser, o simplemente lo asoma por el rabillo de tu consciencia.
Pero te cambia.
No pretende tampoco transformarte la vida, no pretende destrozar todo aquello que, en su ayuda, supiste construir, paso a paso, minuto a minuto, sistema a sistema. Quizás se supone como un ajuste necesario para generar esa variación que ayude a compensar aquella monotonía que tanto ayuda al orden y la (falsa) seguridad que ella conlleva.
Pero te transforma.
Transforma tu predicción, transforma tu creencia de que lo que está por suceder es aquello que sabías que iba a suceder. Por un instante, por ese pequeño instante tan insignificante que a cualquier otro le resultaría absolutamente despreciable, te deja del otro lado de la vereda, sólo en el mundo, frente a frente contigo mismo, y te asegura que venís bien, o que venías bien. Pero en ese instante, te señala también, quizás, que todo puede suceder.

Y fue en ese instante que, finalmente, nos conocimos.

Sólo apareció, como un flash
a mil contra las luces, como un látigo
Y yo estaba ahí...
y todo daba vueltas
Nadie mas, nadie mas lo vio, sólo yo
...camino a su lado
y no lo conozco, no tengo idea
pero algo hay de mágico
lo escuché, lo gritó:
----
"Puedes ver más allá
no es raro que nadie quiera creer
y te dirán, sin entender, que no hay
nada allá afuera, nada allá afuera"
----
(y va a ser peor. Todo mal)
----
Y si vuelve a llover
quizá irá hacia el subte al calor
me dijo: "Acompáñame hasta allí,
y escúchame"...le dije: "Dame algo
para olvidar, no es real, no,
no quiero ni saber, oh no
no quiero saber nada más
ya no quiero ver, no. Ya no, ya no"
----
"Puedes ver más allá
no es raro que nadie quiera creer
y te dirán, sin entender, que no hay
nada allá afuera, nada allá afuera.
La vida es una ilusión
y nunca habrá suficiente tiempo
y te dirán, sin entender, que no hay
nada allá afuera, nada allá afuera...
vámonos...
Vetamadre - allá afuera

Vámonos    ;)

viernes, 1 de febrero de 2013

carta para Mylo

Hace ya algunos días que venía pensando en publicarlo, tras una lucha interna y egoísta que me impedía compartirlo.
Desde ya, podría arrancar excusándome en la sorpresa que trajo aparejada recibir una carta a la vieja usanza. Mentira. No niego que me haya sorprendido, hoy en día sólo suelen llegar cuentas, publicidades y más cuentas con dirección equivocada. Pero no justifica la demora.
El problema era el destinatario.
No por desconocerlo, sino justamente lo contrario. Tampoco por compartir buzón, en ese caso podría seguir camino, y esperar que él se acerque en su debido momento a recogerlo.
Lo conozco. La conozco, en realidad. Y también sorprende que la ya sorpresiva carta haya llegado a mi casa. No pude evitar leerla.
A continuación, la carta. Perdón por no escribirte antes, Mylo. Es toda tuya.

A Mylo:
Esta es tu carta de vida. Tomamos conocimiento de tu petición, hace ya algunos años que sabemos de tu necesidad de recibir esta carta, y desde ya pedimos disculpa por la demora. Normalmente esta carta es enviada antes de los veinte años de edad, pero en algunos casos nos vemos obligados a reeditar el texto.
Antes de seguir, nos vamos a permitir explayarnos un poco más en este tema. Creenos, va a ser por tu propio beneficio entender a qué nos referimos.
Consideralo parte del destino. Así como un texto, independientemente de su longitud, puede ser corregido una y mil veces antes de tomar su forma definitiva; lo mismo ocurre con la vida de uno. Puede existir una idea, un concepto de fondo que guiará al autor hacia un género específico. Puede incluso haber un atisbo de cuál será el desenlace final en la trama. Sin embargo, no puede definirse con certeza cuál será la consecución de palabras que llevarán a dicho fin y, más aun, buena parte del texto escrito puede ser borrado al instante, o permanecer durante largo tiempo para ser borrado recién en la última revisión.
Esta es la razón, justamente, por la que esta carta no está destinada a tus padres, ni la recibes en tu temprana edad. Son necesarios los primeros años para iluminar a la pluma que aquí escribe, a fin de que pueda completar la novela a posteriori. Pero no te olvides que esta vida que hoy llevas continúa en una constante revisión y, tal como sucede al escribir lo ya escrito, todo lo que continúe perteneciendo al futuro no es más que una hoja borrador, susceptible a cualquier cambio que el autor estime necesario.
Hoy te estamos entregando nuestro borrador final, que no es otra cosa más que eso: un borrador. A partir de ahora, nos desligamos de nuestro compromiso como coautor de tu vida, y queda en tus propias manos definir cómo será el texto final. Es muy simple: toda acción en que incurras tendrá una consecuencia asociada, y cuanto más actúes, más consecuencias lograrás.
Lo cual nos lleva a la primer conclusión: pensá en grande, pensá en positivo, pensá bien, y llevalo a cabo.
Naciste donde debías nacer. Podrás tener tus dudas, estamos seguros que te sentís mucho más identificada con una realidad absolutamente distinta, con boinas y rouge por las calles parisinas en una fría tarde de febrero, la llovizna en los adoquines y la torre Eiffel de fondo. Justamente, esto es parte de tus decisiones, y tranquilamente puede ser parte de tu destino. Queda en vos hacerlo realidad.
Sos especial y no es necesario aclarártelo. Tuviste la infancia que decidiste, con sus colores, picos, valles y relieves. El amor te persigue en tus pequeñas cosas, distribuido en cada detalle de tu personalidad, de tu aceptación y tu disfrute del entorno. Sabés ser amiga, amante, compañera, hija y mucho más. En tus hojas estaba escrita la llegada de tus hermanos, y tu vínculo con ellos, aunque es en tu actitud que se refuerza el mismo, día tras día. Vos los elegís día tras día, pulso tras pulso.
Querés saber del otro amor. De ese que te aparece a la vuelta de aquella esquina parisina, o perdida en ese colectivo por la ciudad. Ya aquella señora te lo anunció tiempo atrás, y compraste su idea de lo difícil que es ese amor. Corregite: no es tan imposible. Sí, es claro que en la soledad es en donde uno nota la ausencia. Pero es esa misma soledad que nos permite aceptar y recibir la compañía en el momento en que aparece. El amor va a aparecer, va a costar pero está ahí, agazapado, buscando sorprenderte en el momento menos esperado, pero más oportuno.
Tendrás dos hijos, ella y él. Primero vendrá el chico, cinco años más adelante su hermana, y más adelante serán ellos quienes rememoren aquella canción de fito, con un amor de hermanos de 11 y 6, construido en base a un Olimpo del cual vos serás la arquitecta. Serán en buena medida tu sol y tu luna, tu guía y tu espejo. Serán un fiel reflejo de tu esencia, y en ellos verás aquella pequeña criatura de décadas anteriores, que soñaba con ser la princesa en quien te convertiste.
Te darán felicidad, aquella felicidad que vos misma construiste, con tus decisiones.
El resto de la vida, ya será un enigma. El desenlace será sólo tuyo, tuyo propio, obra de tu propia pluma, de tu propia alma. Y esto será siempre así, quedándote o yéndote.

Mylo, esta es tu carta. Llegó a mí por esos caprichos del destino, que me fuerza a participar en este mensaje. No puedo evitar sentirme parte de esto, como otro ser en busca de mi propio sentido. Es, posiblemente, un sentimiento compartido de desear conocer qué me depara el futuro, y una sutil envidia de no haber recibido aún mi carta personal, la que me mantuvo en esta lucha los últimos días.
Existe un punto en este presente desde donde mirar hacia atrás no resulta difícil, y más aun al tomar conciencia de la importancia de los actos de uno, siendo esta realidad una consecuencia directa de mis actos pasados. Soy consciente de que hoy soy quien soy, gracias a mi mismo.
Es este mismo punto el que tiene justo en frente un abismo, y un pulso que me invita a saltar.
Hoy me entrego a mí mismo, me entrego a mi realidad, y salto.
Nos vemos del otro lado.

Y deberás plantar
y ver así a la flor nacer
y deberás crear
si quieres ver a tu tierra en paz
el sol empuja con su luz
el cielo brilla renovando la vida
y deberás amar
amar, amar hasta morir
y deberás crecer
sabiendo reír y llorar
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma
de tí saldrá la luz
tan sólo así serás feliz
y deberás luchar
si quieres descubrir la fe
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma
este agua lleva en sí
la fuerza del fuego
la voz que responde por tí
por mí...
y esto será siempre así
quedándote o yéndote.

domingo, 20 de enero de 2013

Bitácora de viaje I: Héroes anónimos

Viernes a la tarde en algún lugar de la provincia, cerca de Chivilcoy, perdido entre cielos verdes y suelos amarillos. Goncho a mi lado, conversando con migue y gabo detrás, y santa durmiendo. Fabi en sus días dulces reivindicando a los héroes anónimos, y ahí vamos.

Ya son años de historias entrecruzadas: no surgimos del mismo origen, y sabemos bien que tampoco vamos al mismo punto final... pero entre medio hay unos cuantos puntos, comas, y muchas canciones que escuchar. Hoy nos vemos confinados a un mismo viaje, a unas cuantas horas de recuerdos, que nos llevan a pensar, presos de la nostalgia, quizás.
No todos guardan buenos recuerdos de sus épocas de estudio. En varios casos, de hecho, pueden sobrevivir en la memoria sucesos traumáticos. Sin embargo, existen también esos otros casos en donde uno se descubre caminando en una determinada dirección y, pausa de por medio, mira al lado y sorprende a otro Ser, perdido como uno,  pero caminando igual.

¿Compañero? Quizás.
                    ¿Colega? Posiblemente.
                                        ¿Cómplice? Seguro.

Cómplice de un proyecto de escape, de un andar que permita mudar de una situación que siempre muda, que siempre muta a una nueva realidad, en donde uno posiblemente nunca planeó estar, pero en el corto plazo resultó ser lo más interesante. Cómplice, entonces, de una decisión de realidad, con un deseo de horizonte.
No tenemos por qué planear nuestra muerte, si podemos decidir vivir nuestro presente, desde el vamos.
Hoy vamos en camino, como vamos hace años. Hoy somos nuevamente cómplices, con varios años de decisiones en nuestras espaldas, que nos llevan a encontrarnos nuevamente cruzando caminos. No todos los caminos llevan al mismo lugar, ni todos marcan un mismo recorrido, pero nos complotamos en llevarnos a esta reunión actual.
Podemos considerarnos héroes.
Nos permitimos aparecer a nuestro encuentro. No para alardear, no para sacar ventaja alguna; sino para recordar una vez más que, en esa búsqueda de horizontes, con infinitos matices posibles, siempre contamos con ese apoyo incondicional y atemporal, que no busca ser destacado, solicitado ni remunerado.

Hoy te ayudo a perderte, hoy te acompaño a borrar de la mente todo rastro alguno de destino final al cual puedas atinar a pronosticar. Hoy no te tomo siquiera de la mano, sino que te empujo - vaya paradoja - a que vengas al mismo punto de perdición en el que yo estoy.
Te llevo a encontrarnos de nuevo en un punto del cual no sabremos determinar el origen, y del cual nadie sabe cómo vamos a salir. Pero es desde acá que, nuevamente, podremos ser conscientes de la decisión que cada uno va a tomar, para reafirmar, una vez más y anónimamente, ese heroísmo que nos lleva a ver de nuevo nuestro horizonte, por entre tanta niebla.

La pucha que vale la pena estar vivo.
                                                            Son mis héroes.

Piglet sidled up to Pooh from behind. "Pooh," he whispered.
"Yes, Piglet?"
"Nothing," said Piglet, taking Pooh's paw, "I just wanted to be sure of you."