Salió del local decidido, con dirección a su hogar, a fin de poner en palabras todas aquellas ideas que siempre rondaron por su cabeza, pero nunca tuvo la oportunidad de transcribir al papel por esa falta de una máquina de escribir con la que ahora finalmente contaba. Quiso el destino que en pleno envión por atragantarse de letras entre sus dedos, no lograse observar aquel atardecer del otoño de Cartagena, tal era su apuro por cumplir con tan postergado anhelo.
Llegó al callejón que lo acercaba a su casa, un breve suspiro de dos cuadras de la mejor tierra, con alguna que otra piedra perdida entre charcos de la reciente lluvia vespertina, que hacían las suertes de proyectiles con que jugaban los jóvenes del barrio, con quienes él solía entablar curiosas conversaciones en días normales y sin lluvia. Vaya a saber uno si los niños se enteraron ese día de su apuro, ya sea por el aguacero que los había mantenido a resguardo durante toda la tarde o por la velocidad que llevaba el condenado.
Una vez en casa, cerró la puerta de un impulso, sin tener el más mínimo reparo en el ruido que la chapa causaba al cerrar, y en la siesta de don Ezequiel, aquel extraño hombre que vivía en la pequeña cabaña a dos aguas del terreno contiguo, tan extraña ésta como la actitud de su dueño, que había entrado en una profunda crisis y una consecuente gripe que lo tenía a maltraer en los últimos tres días, tras haber escuchado las últimas novedades de su España natal.
Al escuchar el impacto de la puerta, ya desde el séptimo escalón de su escalera, dirigió una mirada fugaz por la pequeña ventana de luz, con la esperanza de encontrar ahí a su vecino de buen humor o, mejor aún, de no cruzárselo en absoluto, a fin de no dar explicaciones que en otro momento no serían molestia alguna, pero hoy no había tiempo. En compensación, decidió aprovechar el hecho como fuente de inspiración, y comenzar su novela relatando la escena.
Siete y dieciocho minutos. Luz encendida, y su Olivetti de fabricación italiana como única compañera de escritorio. las teclas relucientes, los dedos ya listos, y la bendita hoja en blanco haciéndole frente.
Nueve y veinticuatro minutos. Mierda.
Pensó entonces en ese apremio que lo llevó a conseguir su máquina de escribir, cultivado día tras día en los últimos dos años de su vida, contando cobre por cobre cuánto dinero le faltaba para permitirse ese lujo. En todo ese tiempo fue avanzando en paralelo con su redacción, consiguiendo incluso algún que otro breve trabajo para el periódico local, pero sin mucha relevancia en el ámbito, que le hubiese permitido recortar los tiempos para cumplir su sueño.
Hoja en blanco.
Ya había mentalizado este instante, en el que se encontraría de frente ante ese ser de pulcritud sofocante, que incita a ser invadido, deturpado, avasallado por un mar de letras, palabras, frases, oraciones, párrafos enteros, mundos paralelos, sueños paralelos, incluso hojas en blanco paralelas a esa hoja en blanco que ahora lo miraba y vencía, minuto a minuto. Ella parecía haber mentalizado todo eso mismo desde tiempos remotos, y no parecía querer dar el brazo a torcer.
Hoja inmaculada. Comenzó:
"El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita."
No Era suficiente. Hace tiempo soñaba con escribir acerca de coroneles, corceles y demás personajes históricos. Su faceta periodística no dejaba de hacer mella en sus orientaciones literarias, pero a la hora de llevar esas fábulas al papel, nada. Aún así, tomó la hoja con ese primer renglón ya escrito, lo fue expulsando ágilmente de su máquina, con cuidado de no romperla (tanto a la máquina como a la hoja como a la oración como a la cucharita) y se dirigió a guardarla entre medio de aquellos apuntes del viejo estante de apuntes viejos, en donde parecía reinar el caos pero, como buen escritor honesto consigo mismo a la hora de confesar sus arranques de inspiración, bien sabría él cómo encontrarla cuando sea el momento de reencontrarse.
Once y treinta y siete.
Ya los niños no jugaban en las veredas, ya incluso los más valientes animales se encontraban guarecidos ante el avance de la oscuridad de este martes sin luna compañera. Fue a prepararse un café para brindar en silencio con su carencia de ideas, extendiendo sus piernas como las palabras que no eran. Vaya ironía, no quedaba más que una cucharadita. Prometió allí no abandonar aquella oración, "ya habrá tiempo para extenderla, hoy no" se escuchó decir a sí mismo mientras volvía a su escritorio.
Extendió su mano suavemente, encendió la lámpara con especial atención (ya había tenido inconvenientes con ella en otras ocasiones al encenderla con demasiada prisa pero, antes que repararla, prefería aprovechar esta condición para cultivar su propia paciencia). Ajustó nuevamente la hoja en su máquina, enderezó su espalda al tiempo que hacía lo mismo con sus anteojos, y no pudo evitar esbozar una sonrisa en su rostro a medida que iba avanzando, palabra por palabra sobre aquel terreno plano e inmaculado, presintiendo el inicio de aquello que prometía ser mayor que lo imaginable:
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo."

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