Quizás nunca estuvimos destinados a encontrarnos. Quizás había demasiado en la lista, demasiadas cosas por hacer, demasiados lugares para visitar, antes de siquiera estimar la posibilidad de poder cruzarnos.
Quizás, el día que nos fuimos a encontrar estábamos tan ocupados postergando la vida que no supimos hacer lo que debía hacerse con tal de poder, finalmente, permitirnos ese momento en donde yo te miro, vos me mirás y todo lo demás se transforma.
Quizás, ese día vivía en mis mejores sueños. Ese día confiaba en disfrutar de cada instante, bajo un constante esfuerzo de creer que las oportunidades de coincidir con alguien que sepa mirarte a los ojos y observar el alma son tan escasas que ni vale la pena intentarlo.
Todos saben vivir emociones fuertes. Todos aprenden a experimentarlas en algún momento de la vida. Algunos las sufren, otros las disfrutan, pero indefectiblemente todos creen llegar a un punto en que estas emociones no terminan de sorprenderlo. Quizás lo llamen experiencia, o algún que otro absurdo lo llamaría madurez.
Todos, así, también llegan al día en que cierran los ojos, cegándose a la posibilidad de encontrar a esa persona que va a saber entornar su vista en uno y saludarlo desde el corazón, entregando una sonrisa a cambio de un latido decorado con una respiración profunda y un suspiro que nace desde bien adentro, destinado a encontrarse con un abrazo dedicado desde lo más hondo de su ser.
Quizás ese día ya tenía sueño de vivir, y mis ojos estaban cansados de buscar. De buscarte y no verte en ningún lado, en ningún camino, en ningún recoveco de esta ciudad atestada de gente ya dormida.
Quizás me quedé despierto hasta tarde, no por insomnio, pero por una confianza infantil de que el destino no debía juzgarse con tan poco esfuerzo, y que un instante más despierto podría valer toda una eternidad de sonrisas y más emociones fuertes, de esas que uno creyó dominar y que vuelven, una y otra vez, para demostrar que te van a sorprender hasta las lágrimas.
Quizás nunca nos importó el destino el día (ese día) en que nos vimos por primera vez.
Me miraste.
Y sonreíste.
Miguel Ángel Bustos - Te miro
Me alzo
a la altura de tus ojos.
Crezco de a poco
en el silencio,con el latido de mi sangrey sobre el rumor de la piedra y el viento,uno nuestras caras,en los cuerpos que vibran cercay que nos miran,acá y en nuestro lecho.Por la piela través de los muros y la sombra.
