Es jueves, y se hace de noche. La gente sigue en su ritmo acelerado de la semana, algunos consiguen escaparse de sus oficinas y se dirigen a un bar, otros esperan a sus compañeros, amigos o parejas para esa reunión pactada... pero unos pocos están arrancando viaje, a un lugar poco conocido, que no sabe de tiempos ni de ritmos. O sí. Pero distintos...
La sala está ahí, en donde siempre estuvo, esperando en silencio por los caballeros de la desarmadura dorada. Sus sombras saben que, dentro de poco, la luz vendrá acompañada de sonidos, vibraciones, emociones. Y ya no serán más ellas solas, y su mundo se verá modificado en ese tiempo que no existe, ese tiempo que no se define mas que en sí mismo.
El grupo llega, cada quien por su lado, cada cual de su mundo, de sus exigencias y existencias, y con este espacio que los contiene, que los reune, que los cobija y, por qué no, que los redefine.
Y se enciende la música. Y se prende la luz. Y se apaga el tiempo.
Y el cuerpo lo pide. Es quizás ese otro ritmo, de donde uno viene, que por un tiempo lucha desesperado por mantener el control de la situación; un ritmo que no entiende que uno es uno y es libre, que no entiende que las estructuras no están para controlar, y que siempre se puede ir más allá. Un ritmo que se ve desbordado, con el paso de la música, con cada vibración, con cada pulso, y que termina cediendo, dando paso a esas sombras, transformadas ahora en nuevos partícipes de esta fiesta, de este nuevo mundo.
Y uno aprende, en cada momento, de qué se trata la libertad.
Y entonces, cierra los ojos... y abre otro mundo.
Un mundo en donde esas sombras, esas formas que antes aparecían inmóviles a los lados de la sala empiezan a acompañar el ritmo, un mundo que tira abajo esas cuatro paredes y se extiende hasta donde la imaginación lo permita, o incluso todavía más. Y uno le da el gusto al cuerpo, le suelta la rienda, le da su espacio, y se deja llevar, se deja contagiar por esa fuerza. Y se permite probar, por un momento, qué ocurre si uno corta por un momento el curso lineal de la vida, mira a su alrededor, y salta al vacío, a un vacío repleto de sensaciones, impulsos, espacios, deseos, efectos, con la certeza de la incertidumbre, pero la confianza de que es en ese lugar en donde uno debe estar, porque ese lugar es uno mismo.
Y uno es uno.
Y en ese impulso, en ese lugar, uno abre los ojos y se encuentra con que ese mundo paralelo sigue ahí, que no se fue, esos cuerpos mitológicos continúan bailando alrededor, y uno siente la fuerza que lo arrastra a seguir esa danza que reta a duelo a cualquier atisbo de lógica.
Es entonces que uno aprende, también, que es uno con el mundo, con el mundo que lo rodea, y con esos seres danzarines que lo acompañan. En un momento sos Chaplin a principios de siglo, con galera y bastón, para luego cantar bajo la lluvia junto a Gene Kelly. O le cumplís el sueño a Juan Luis Guerra, transformándote en un pez. O, quién te dice, incluso en el mismo agua, o más aun, te convertís en nube, flotando en el espacio, regando y mojando a los demás.
Das un paso, y otro. O brazadas, o un sutil movimiento de alas, siempre hay lugar para la imaginación... y te encontrás con otro ser, otro más, en un punto en donde nadie sabe explicar bien por qué, pero esos mundos tan propios, tan personales, encuentran una realidad en común.
Y te acercás, tirás, empujás. Compartís lo que hasta ese momento fue solo tuyo, pero ahora deja de serlo, no porque te lo quiten, sino que entendés que lo rico está ahí, en poder construir entre dos, tres, o entre todos, una nueva situación, una nueva experiencia. Ya no es mas lo tuyo y lo mío, y hasta algún punto, no somos vos y yo.
Ya nos trascendemos.
Pero en esa trascendencia surge la posibilidad de explorarnos desde una nueva perspectiva, y entender las formas, el cuerpo, el movimiento y la reacción que eso genera. Los ojos son una simple herramienta entre muchas otras, que permiten una interpretación de lo vivido, pero ¡qué poco se ve si es ese el único órgano que utilizamos!
Ya el sonido se escucha diferente, ya el tacto está amplificado, el olfato mismo se nota distinto, se siente distinto. Y ya no hay necesidad de hablar, no hay necesidad de explicarle al otro qué estás vivenciando. Ya el otro está ahí, con uno mismo, y uno lo sabe. Ya no estamos solos.
Ya no somos solos.
La música sigue, y de momentos deja de estar ahí, o aparece sólo como testigo de esta nueva realidad, acompañando a estos seres que se encuentran una y otra vez, en cada impulso, en cada pulso, de frente con esta realidad generada, repitiendo y reafirmando: yo soy yo.
Como un giro del destino, finalmente, el tiempo vuelve a buscarnos, vuelve a rescatarnos de estas vidas paralelas, intentando traernos de nuevo a ese mundo que algunos osan llamar "real", con los ojos abiertos, las paredes de la sala nuevamente ahí, la luz encendida, las manos unidas... pero con esa sonrisa cómplice, y esa mirada compartida, que nos demuestra que no fue una simple ilusión, que ese mundo en donde estuvimos sigue ahí, y seguimos teniendo nuestras alas.
Yo soy yo, lo entendí.
YO
SOY
YO
Y volver a ese mundo (¡o a este!), volver a encontrarme, volver a descubrirme, explorarme, y compartirme, está a mi alcance, y es sólo cuestión de proponérmelo.
Yo soy yo, y estoy dispuesto a demostrármelo, una y otra vez más.