Un día me olvidé de cómo caminar.
Quizás fue la costumbre, quizás el aburrimiento, o la
rutina, pero de un momento a otro descubrí que no conseguía conectarme con
aquellas extensiones que partían de mis caderas y terminaban en cualquier
destino donde solía dirigirme en otras épocas.
Intenté (en vano) enviar una señal, un pedido, una súplica,
con la esperanza de recibir al menos un atisbo de respuesta, pero ya era
demasiado tarde para que haga efecto. Nada. La nada misma, dos extremidades
inertes que parecían mirarme de manera risueña y rebelde, cual adolescente que
encuentra en sí mismo la posibilidad de dirigirse al mundo sin pedir permiso.
Me tendré que acostumbrar a esto. A lo que me acostumbré, al
mundo en el que me quise dirigir hace años y del que no busqué salir en todo
este tiempo, pero del que hoy, en esta situación, temo y rechazo.
Entonces recordé. Recordé para no olvidar.
Me fui años atrás, y disfruté de aquellas caminatas por el
bosque, escuchando el viento que se avecinaba montaña abajo, frenando un
instante y mirando a las copas de los árboles bailar y coquetear entre ellas,
abrazándose y acariciándose con una lluvia de hojas alrededor. Disfruté de los
olores de esos lugares, y el ruido del arroyo más abajo, invitando a saludarlo,
a pasear las piernas por sus aguas heladas y sus rocas brillantes y sumergidas.
Seguí hurgando en el pasado, para emocionarme con la nieve,
patinar en el hielo de una canilla abierta y olvidada en pleno invierno,
embarrarme en los charcos de pleno otoño, refrescarme en las lagunas en verano,
esconderme entre lupinos en primavera.
No dejé de pensar en los partidos con mi viejo o con mis
amigos, o de salir a andar en bici, a caballo, o corriendo en plena lluvia,
mojado pero feliz.
Después me volví un tiempo más hacia adelante. Uno a veces
se olvida de algunas cosas, parece restarle importancia al tiempo de cada uno,
cuando otras prioridades requieren más protagonismo del que uno consigue
otorgarles.
En ese tiempo jugué a ser mayor, a enfrentarme con estudios,
trabajos, responsabilidades. Caminaba elegantemente, hasta disfruté de jugar a
ser un Señor de Traje y Corbata, con mayúsculas y en taxi. Cambié los vientos
por ventiladores, los arroyos por avenidas, la nieve por el asfalto. No
distinguía el frío del invierno del calor del verano, y cuando alguno de ellos
osaba asomarse, lo expulsaba para no distraerme de mis urgencias.
En algún momento de aquel entonces, estoy seguro, es cuando
mis piernas decidieron rebelarse. Empezó la derecha, como siempre, la más
inquieta. Un tropezón en el escalón de la entrada al edificio en donde vivía fue
el primer aviso, que luego derivó en una
ridícula discusión con el portero y la vecina del octavo piso que no paraba de
reclamar algo con las palomas. Luego, un corte de luz que me obligó a subir
esos 48 escalones por la escalera de servicio, razón que llevó a una posterior
mudanza a una casa de planta baja y poca luz. Qué importa la luz, pensé. Y
continué.
Así llegué al día de hoy, habituado ya a encontrar excusas
del mal funcionamiento del cuerpo en los otros, ensimismado también en
aprovechar cada limitación en pos de un mayor provecho en ese círculo vicioso
al que uno le pone el título rimbombante de Responsabilidad. Vaya ilusión,
pienso, pero poco a poco voy tomando consciencia de que algunas cosas no tienen
vuelta atrás.
Sólo que, a veces, uno tiene suerte.
Así fue que, entre medio de toda esa vorágine de excusas, esquivando
bultos por plena avenida y agolpándonos en trenes y colectivos en una tarde de
hora pico y calor de febrero, dio la casualidad con nuestros cuerpos frente a
frente, poco espacio y una sonrisa indisimulable en tu rostro.
Quizás no consigas creer en el destino, quizás estas
casualidades las veas como simples hechos aislados, y podamos explicar este
encuentro desde una secuencia de causas y más causas. Diez años de razones para
atrás nos pueden llevar a ese encuentro. Pero nada de eso va a poder explicarme
cómo esa mirada hizo saltar a mis piernas de nuevo a esta realidad.
Esa sonrisa y esa mirada me llevan inmediata e
irremediablemente a ese mundo del que en algún instante del pasado me fui sin
querer, y del que no quiero volver a irme.
Me diste la mano y me devolviste el impulso para ponerme de
pie. Me diste un beso y me enseñaste a caminar de nuevo.
Hoy disfruto nuevamente de arroyos, lagos y montañas; de
nieves, fogatas y bosques. Hoy mis piernas me entienden y me avisan que ya
tuvieron suficiente con aquella vida tan alejada de mi mismo.
