lunes, 22 de octubre de 2012

señor sin secretos

- Vamos por partes, pero directo al grano: ¿tenés secretos?
- ¿Cómo?
- Dale, me escuchaste bien. ¡Secretos! Si tenés secretos.
- Ok. Emmmm... no.
- ¿No?
- No.
- ...
- No.
Ella levantó la mirada. Lo observó atentamente. No. No parecía mentir. Cero secretos, está bien. Aun así, no se iba a dar por vencida. Continuó por un instante con su actividad, disfrutando de cada doblez que realizaba en el papel. Poco tiempo antes aprendió a hacer una grulla y pretendía repetir el proceso, paso por paso, a fin de fijar conceptos. Se repetía la información, punto a punto y a sí misma, para poder retenerla. ¿No era lo mismo con los secretos?
- Y entonces, ¿cómo hacés para recordar?
- Seguimos con los secretos, veo.
- Vamos, en serio.
- Simplemente recuerdo.
- Te equivocaste.
- ¿Cómo?
- Ahí, te equivocaste. Ahí. Tenías que doblar al revés.
- Ah...
- Y con lo otro también.
- ¿También me equivoco?
- También tenías que doblar al revés...
¿Doblar al revés? ¿Qué quería decir ella con doblar al revés? Solía evitar hablar de absolutos, pero confiaba en poder asegurar que nunca tuvo secretos. Sin embargo, esta aseveración lo descolocó.
- ¿Al revés?
- Sí, al revés.
- No entiendo.
- No te pido que me confieses ninguna verdad, ni pido que retengas aquello que aun no has compartido. No me refiero a eso al hablar de secretos.
- ¿Entonces?

- Todos tienen secretos, pero no por eso dejan de estar abiertos con quienes tienen alrededor. Muchos secretos sirven para recordar informaciones importantes, y otros sirven para poder acercarse a aquellos seres que uno quiere, y que a veces necesitan que uno consiga retener ese secreto. Algunos sirven de cofre, mientras otros sirven de llave. Es así de simple.
Ahora fue él quien alzó la mirada, luego de corregir aquel doblez, siguiendo su consejo. La grulla estaba ya completa, al igual que su nueva concepción con respecto a estos secretos. Ella tenía razón, claramente. No se trataba de ocultar información, ni de hacer de ella un medio por el cual tomar distancia de sus seres queridos, sino justamente lo contrario. Todos tienen secretos, ¿y entonces?
- ¿Y por qué me contás esto?
- ja ja. Sabía que te lo preguntarías. La respuesta es obvia.
- ¿Cómo?
- Soy la señorita secretista.
- ¡Señorita..!
- Pero shhhhh... ¡No se lo digas a nadie!
Ya las grullas estaban terminadas, ya las dos se permitieron volar en los aires de la imaginación, a ese mundo interno, paralelo, en donde la percepción y valuación del silencio propio de los secretos carece de sentido alguno. Allá donde ellos dos también se permitieron ir, juntos, compartiendo aquello que los unía, como un secreto de intimidad.

Epílogo: la grulla es un animal que simboliza la prudencia y la vigilancia. Una antigua leyenda japonesa dice que quien haga mil grullas de papel recibirá un deseo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Lectura anunciada

"Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído" - J.L. Borges

Llegada

Joaquín llegó a orillas del lago Hallstätter See con los minutos contados, justo a tiempo para tomarse el ferry que lo llevaría al lado sudoeste, al pueblo de Hallstatt. Los últimos kilómetros del angosto camino adoquinado tuvo que hacerlos con el máximo esfuerzo, ya escuchando las campanadas que anunciaban la salida, al punto de exigir las juntas de su bicicleta a límites inimaginables. Una vez arriba del barco, aprovechó la hora de viaje para revisar todas las uniones, y verificar con gran alegría que las ruedas habían sobrevivido al último sprint. Finalmente respiró, suspiró airadamente y dirigió su mirada al cielo anaranjado del atardecer otoñal, agradeciendo la consideración del capitán, que bien podría haberlo abandonado a su suerte en la oscuridad del bosque del norte. Sabía que las noches en estos pueblos de montaña, y especialmente para esas fechas, podían ser lo suficientemente frías como para exigir el cuerpo al máximo y no contaba con las fuerzas suficientes como para aguantarlo, al menos no luego del recorrido de aquel día, habiéndose escapado a primer hora de la mañana con su bicicleta de Viena, casi trescientos kilómetros al este, pasando toda la cadena montañosa del centro del país.
Dada la poca cantidad de habitantes del pueblo, su presencia no pasaría desapercibida. Sin embargo, era un riesgo que debía asumir, más aun luego de la última conversación, la semana anterior, con su padre, momentos antes de ser secuestrado por los servicios de inteligencia.
El plan era claro: encontrar aquella persona que le permita descifrar la siguiente pista para seguir su camino hacia el sudoeste. El problema, cómo determinar quién era esa persona indicada, si es que realmente existía alguna. Ya estaba demasiado acostumbrado a huir, con su padre llevaban años dirigiéndose más y más al este, hasta llegar a Kiev con las últimas fuerzas del viejo hombre, donde finalmente desistió de sus planes y de su lucha, no sin antes pedirle a su hijo esta última tarea. Fue entonces que empezó su aventura en solitario, volviendo sobre sus pasos en algunos tramos, descubriendo nuevos caminos en otros, siempre a través de todo el terreno ya ocupado por el Nuevo Imperio, con el riesgo constante y latente de ser capturado a la primer distracción. Quizás esa latencia es la que lo impulsaba a ir cada día más fuerte, más lejos, más rápido. El primer día fueron algo más que 70 kilómetros, sólo para salir de la ciudad; al día siguiente consiguió pasar los 100 kilómetros, y de ahí en adelante continuó creciendo la distancia, cada vez más lejos de su padre, de su pasado, y cada vez más adentro del territorio hostil. Hallstatt era ahora el punto en donde su rumbo viraría hacia el sur, despidiéndose así del frío invernal que ya comenzaba a asomar en las altas montañas continentales.

Estadía

El ferry llegó al puerto con los últimos rayos de luz y Joaquín se apuró a alejarse del puerto, ante la posibilidad de encontrarse con algún guardia que lo deje en evidencia. Al poco tiempo, sin embargo, comprendió que no había lugar a donde huir, y que el pueblo podía ser observado de principio a fin, dada su pequeñez. Aun así, y para su tranquilidad, también pudo observar que aquella guardia que parecía inundar todos los lugares hasta ese entonces transitados, en este pueblo brillaba por su ausencia. Hizo un breve relevamiento de los alrededores: una cadena de casas pegadas una a la otra, una iglesia antigua y una cantina devenida en hostal parecían completar la postal. Ningún guardia, ni rastros de ellos, salvo la bandera oficial flameando en el campanario.
Notó también a la mujer que lo observaba desde la otra cuadra, con una sonrisa en su rostro que denotaba confianza y seguridad. Esto no hizo más que intrigarle, acercándose entonces para entender de qué se trataba todo esto. El hecho de estar esperando una respuesta, donde no existía una verdadera pregunta, le impedía circular con comodidad, y eso ya le estaba molestando demasiado en su ritmo paranoico.
"Hola, yo sabía que vendrías" - la escuchó decir. Odiaba escuchar frases tan trilladas, pero esta vez parecía ser demasiado cierta. Automáticamente exigió alguna explicación, no iba a dejar pasar la frase por alto. Así conoció a Rita, una de las más jóvenes de los 900 habitantes del pueblo, y de seguro la más joven nacida en el lugar. Pocos años antes, tras el avance imperial, los antiguos habitantes fueron expulsados de ahí, sustituidos por una legión de mineros a cargo de explotar el negocio de la sal. Ella fue de las únicas que encontró el modo de permanecer en su lugar de origen, a la espera de que llegue aquel invitado especial que justifique su residencia. Y ese era el momento. Y él lo entendió.

Encuentro

Joaquín entonces explicó con lujo de detalles sus últimos años de vida, desde el pasado militante de su padre, con sus enfrentamientos ante ese pequeño poder, ahora convertido en la principal fuerza política continental, a su negación, exilio y persecución; hasta su despedida y redireccionamiento, volviendo a sus orígenes, a su viejo hogar, a su vieja historia, a su vieja realidad, renovada con millas y millas de nueva vida. Rita escuchaba, atentamente, como quien contiene cada frase escuchada en un lugar de su memoria, como un libro leido en una infancia que nunca tuvo, pero siempre soñó. No conocía a este joven, ni mucho menos a su padre, pero todo aquello le sonaba tan familiar como si lo hubiera vivido, aun sin haber viajado siquiera a Viena en todos sus años de vida.
Luego, y con la misma facilidad con que percibía todo lo que le decía el visitante, se incorporó y se le acercó, apagando su discurso con un abrazo fuerte y dulce que pareció frenar por un momento el tiempo, transportándolos a un momento paralelo, y por un instante retirándolos de esa cruda realidad circunstancial. Por ese breve instante, que pareció toda una eternidad, Joaquín se olvidó de todo lo dicho anteriormente, de todo su viaje, de todo el plan meticulosamente diagramado, y volvió a ser él mismo, en su juventud, en su inocencia y picardía. Incluso su sufrida bicicleta parecía haber vuelto a ser aquella nave que se ganó con mucho sacrificio en su tierra natal, en las buenas épocas.
Una vez pasado ese instante, y ya con Joaquín a su entera disposición, Rita lo tomó de la mano y lo condujo hasta la última construcción del pueblo, una pequeña casa no muy distinta a todas las del lugar, con su característico techo oscuro, y lo invitó a entrar. Una vez ahí, lo invitó a pasar más y más adentro, como destapando, puerta tras puerta, fragmentos de una historia encontrada. Finalmente, cuando ya no quedaban más puertas que abrir, llegaron a una pequeña biblioteca atestada de viejos documentos y una pequeña mesa en el centro, con un cuaderno de tapa verde y hojas amarillas allí reposado. Ella lo tomó, lo desempolvó y se lo entregó al muchacho, mirándolo fijamente a los ojos, ansiosa por esperar su respuesta.
Joaquín tomó el documento y lentamente fue abriéndolo, mientras espiaba por el rabillo del ojo la mirada de la mujer. De repente entendió perfectamente a qué se debía semejante reacción, y supo en un instante todo el sentido de su viaje y el esfuerzo que tuvo que realizar para pasar por este pueblo perdido en plena montaña austríaca: en frente suyo, mirándolo fijamente tras aquellos años de historia y hojas, se encontraba el más perfecto autorretrato que podía imaginarse, junto con su fiel bicicleta, y una frase, una sóla frase, que resumía todos los miles de kilómetros de ruta en 12 centímetros de literatura: "el camino se genera desde la voluntad y toma su forma a partir de la acción presente - autorretrato de un viaje por venir y por volver".

Retirada

¿Cómo podía ser cierto? ¿Quién podría haber hecho ese retrato profético? La única respuesta podría darla Rita, quien simplemente sonrió, se acercó al muchacho perplejo, y repitió: "yo sabía que vendrías". Nuevamente lo abrazó, demostrando que ese espacio estaría por siempre esperándolo, en ese pueblo en donde ningún imperio podría sentar sus pies, y Joaquín retomó su ruta, pero ahora con un único destino cierto: volver.