Te quiero. A veces es muy evidente, otras quizás consigo disimularlo un poco más, pero te quiero.
Me gusta imaginarme con un notable grado de ingenuidad que consigo encubrir mis emociones.
Te miro y tiemblo. Una breve vibración por el cuerpo, una sonrisa que nace en las costillas, que avanza y crece a medida que te acercás, para ahogarse en una sutil mirada que tanto querría decir pero no se anima a transformarse de idea a verbo. Te abrazo para poder cerrar los ojos y guardarme el rezago de la mirada entregada, todavía temblando, desnudo.
A las ideas se las lleva el viento, pero cuando estas ideas vuelven a aparecer, una vez tras otra, este viento que las conduce a lugares en otros tiempos desconocidos pasa a ser nuestro aliado. Las ideas entonces reaparecen con la fuerza de la experiencia vivida en mundos sutiles, en mundos emocionales y emocionantes, para exigir su merecido reconocimiento.
Las palabras son el hogar de estas ideas, cuando consiguen articularse de la manera adecuada. El miedo pasa a ser esa articulación. ¿Estaré siendo claro? ¿Podré expresar aquello que deseo?
¿Tengo miedo de no ser claro, o tengo miedo de asumir aquello que estoy diciendo?
Es muy fácil diluir una idea en frases complejas y cubiertas de significados contrapuestos, para aquietar la ansiedad que se corresponde a aquella emoción desatada, sin hacerse responsable de la verdadera idea verbalizada.
Basta de fabricar agua con los dedos. Basta de adornar sueños truncos. Basta de esperar a que llegue el huracán para soltar las palabras al aire.
Hoy te quiero mostrar mis estrellas.
Hoy te quiero.
Miguel Ángel Bustos - Temblor de cielo
Mi cara a las estrellas,
mis dedos al agua.
Viento
puro.
Temblor
tibio.
Te quiero.

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